Alejandro Guanes, a quien con una calle se rinde homenaje, nos recuerda en su poema cómo era Asunción, la del “Caserón de añejos tiempos”
Como continuación de la serie de entregas sobre los nombres de las calles de Asunción y la historia que encierra cada una de esas denominaciones, elaborada por la señora Evanhy de Gallegos, se brindarán datos sobre la vida de Alejandro Guanes, el poeta paraguayo más representativo de su época, quien en su poema nos recuerda cómo era Asunción, describiéndola como la del “Caserón de añejos tiempos”, motivo por el cual con una calle capitalina se le rinde homenaje.

Es así que una calle de Asunción lleva el nombre Alejandro Guanes, por la Ordenanza Nº 649 del año 1942. La calle es conocida como 13ª Proyectada al oeste del eje de nomenclatura Independencia Nacional, en la intersección con la Diagonal Chiang Kai-shek, y se prolonga hasta la calle Montevideo. Al este de la misma se denomina Paso Pucú y es paralela a la calle Coronel Juan Centurión al norte y a la Dr. Cecilio Báez al sur, en el barrio 0brero.
Nació en Asunción en pleno caos post Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, el 18 de noviembre de 1872.
Su padre, Ángel Francisco Guanes, era propietario de la farmacia Botica Guanes, ubicada sobre Palma esquina Independencia Nacional, donde se reunía lo más granado de la política y de la intelectualidad. Su madre fue Matilde Recalde Iturbe, quien murió joven, en 1878. Su padre se casó en segundas nupcias con Rafaela Machaín.
Después de cumplir sus estudios primarios marchó a la Argentina con el hermano, a proseguir su bachillerato. Sus padres consideraron necesario el viaje, pues el joven se enamoró perdidamente de una viuda vecina, con una hija, cuatro años mayor que él.
Al poco tiempo, por enfermedad inventada o real, retornó nuevamente a Asunción y el adolescente organizó el escape de su casa, para casarse con la viuda que respondía a su pasión.
En tren llegó a Paraguarí donde, al galope corrido, alcanzó Caapucú y contrajo enlace con la argentina Servillana Molinas viuda de López. Alejandro tenía 19 años. Se casaron el 28 de agosto de 1892.
Sus padres dieron intervención policial y en Caapucú, el novio convenció al comisario de no traerlo de vuelta. Enviaron a dos tíos a buscarlo y tampoco tuvieron éxito.
Retornado a Asunción vivieron frente al Palacio de Gobierno, su esposa era acaudalada.
Cuando en 1904 estalló la revolución, él se presentó a la lucha. Estuvo en Villeta.
En el caserón de Asunción, había quedado Servillana con sus hijos. Al menor le cayó encima una lámpara y un chorro de combustible en llamas le quemó la garganta. Hiram murió.
Sufrió desgracia tras desgracia. Quedó en la pobreza. Siempre trabajó en la administración pública para subsistir.
Hasta su muerte, durante 16 años tuvo pequeños cargos. Murió siendo taquígrafo en el Congreso Nacional. También trabajaba en el periodismo.

En 1907, le ocurrió otra desgracia. Mató a Nemesio Saguier, a quién descubrió frente a su ventana intentando convencer a su hijastra que se fugara con él. Guanes lo mató de un tiro y éste, ya caído, le jugó otro tiro. Esto le salvó de la cárcel. No se pudo culpar a Guanes del primer tiro.
En 1909 murió otro de sus hijos, el varón también llamado Hiram. El poeta estaba desalentado, repudiado por su familia, empobrecido.
Participó en otra revolución, la de 1911, tenía una afección cardíaca. Se tuvieron que mudar a una casa más modesta.
Cuando falleció su padre le dejó una cuantiosa fortuna. Dicen quienes le conocieron, que tenía el dinero en un ropero al que sus hijos tenían acceso libre. Y se dilapidó. Se le atribuye una frase: “Prefiero quemar los cohetes en gruesa que hacerlo uno a uno”.
El 28 de mayo de 1925 falleció.
Fue uno de los mejores poetas del novecentismo. Murió sin haber publicado ningún libro.
Toda su producción poética fue recogida en un volumen “De Paso por la Vida”, que se editó en su homenaje. Es autor de La Cámara Oscura, una de las primeras comedias en verso de autor paraguayo.
Tradujo varios trabajos de autores norteamericanos, franceses y brasileños. Su versión del inglés Ulalume, de Edgar Poe, es considerada una joya literaria.
Manejaba con habilidad todas las combinaciones de la métrica castellana.
Su poema, “Caserón de Añejos Tiempos”, es una evocación de la casa de sus antepasados y de muchos paraguayos, de una historia de familias cuyas casas quedaron en ruinas después de la Guerra de la Triple Alianza.
Una de sus hijas, Helena Guanes, se casó con Facundo Recalde, también escritor y periodista. Su hijo Papotín siguió sus pasos.

“Caserón de añejos tiempos
el de sólidos sillares,
el de grandes hamaqueras en paredes y pilares”.
¡Qué de amores, qué de amores y alegrías vio este hogar!
Viejo techo ennegrecido ¡qué de amores y alegrías
y tristezas vio pasar!”

